documentos de pensamiento radical

documentos de pensamiento radical

domingo, 20 de agosto de 2017

Voces del Extremo (I): en Huelva

El encuentro poético Voces del Extremo, al que me han invitado por primera vez, está tan concurrido que, a menos que hayas reservado habitación con meses de adelanto, resulta muy difícil encontrar un alojamiento cómodo en el propio Moguer, donde se celebra. Nosotros hemos encontrado posada en un modesto hostal de San Juan del Puerto, a pocos kilómetros. Cuando llegamos, es ya casi de noche. Paseamos por el centro del pueblo, en el que hay dos plazas unidas por una calle. La calle se llama Dos Plazas. Nuestra incipiente sospecha de que sea una localidad que depare escasas sorpresas se desvanece cuando vemos que las sedes del PSOE y el PP locales son vecinas. Al enemigo, mejor tenerlo cerca, deben de pensar ambos. La calle Dos Plazas lleva desde la plaza de España, presidida por el elegante y centenario edificio del ayuntamiento, a la que aloja la iglesia parroquial de San Juan Bautista, grande, blanca, de  hechuras neoclásicas, levantada en el s. XVI y vuelta a levantar en el XVIII, tras el devastador terremoto de Lisboa, que golpeó con fuerza todo el oeste español. Una placa junto a la entrada nos informa de lo siguiente: "Henchida de orgullo, se alza sobre su casería, vigilando la apacible vida de este pueblo". La información se hace luego general: "¡Qué bonitas son las iglesias de los pueblos de Huelva!". No es la única leyenda que nos suscita algún asombro. En la misma fachada en la que el anónimo informador se ha extasiado con esta y las demás iglesias de los pueblos onubenses, vemos otra placa en homenaje a Juan de Robles, "gloria de las letras del Siglo de Oro". Comprendemos –y aplaudimos– que un escritor oriundo del pueblo merezca el recuerdo de sus paisanos, pero lo de "gloria de las letras del Siglo de Oro", aplicado a un mediano retórico, ortógrafo y recopilador de facecias y cuentecillos populares, del que solo han sobrevivido dos obras, parece excesivo. Quizá en el futuro haya también una placa dedicada a otra hija ilustre de San Juan del Puerto, Fátima Báñez, la actual ministra de Trabajo, esa que opinaba, en lo peor de la crisis, que los jóvenes que tenían que emigrar porque en España no encontraban trabajo, no lo hacían por necesidad, sino por "movilidad exterior", y quizá esa placa también considere a la brillante funcionaria "una gloria del s. XXI". Volvemos por la calle Dos Plazas hasta la de España, y disfrutamos de una bonita sucesión de fachadas azulejeadas y balcones historiados. La gente, sentada a la puerta de las casas, toma el fresco y charla. No es extraño: el calor diario es asfixiante. Nos sentamos a cenar algo en la terraza de El Rincón de Ericka, junto al ayuntamiento. Nos atiende Ericka, una cubana o dominicana que también ha tenido que practicar la movilidad exterior. Damos pronta cuenta de una ensalada de remolacha y un pincho de pollo, y nos entretenemos observando a una pareja que está en la mesa vecina. Ella, una joven muy parecida a Natalie Portman, es de una belleza descomunal, aunque mancillada por todos los atavíos de la vulgaridad: tatuajes,shorts tejanos (de esos que te hacen sufrir por que le corten la circulación de la femoral y tengamos un problema) y unos modales en los que brilla con luz propia una enojosa propensión a comer con la boca abierta. A su lado, un niño muy pequeño no para de incordiar –obviamente, es su hijo, que debió de tener siendo adolescente; de hecho, aún lo es– y, enfrente, el que conjeturamos su marido, cuya belleza dista mucho de la de su cónyuge, juguetea con el móvil, despreocupado de mujer e hijo, bebe cerveza a gollete y compite con ella en comer enseñando todo lo que come; y gana él. Pero estamos cansados y el entretenimiento que nos proporciona la rústica pareja es limitado. Nos acostamos pronto, pues, aunque el lecho no nos augura una noche feliz: es poco más que una cama individual grande, manifiestamente insuficiente para dos personas, sobre todo cuando una de ellas tiene el tamaño de un oso pardo, y, peor aún, es muellera. Y, en efecto, dormimos mal, aunque, cuando llega el día, hacemos lo posible por despojarnos de esa sensación lisérgica que da la falta de sueño y el descanso poco reparador y visitar Huelva, la capital, con entereza e ilusión. Entramos en la ciudad por la Avenida de Andalucía y luego por la calles San Sebastián y Pablo Rada, en las que se suceden los bustos y estatuas. Si los monumentos públicos son reveladores de los intereses de quienes los erigen, estos no dejan lugar a dudas sobre los espectáculos preferidos de los onubenses: contabilizo la efigie de un cantaor, un homenaje al fútbol (así, en general) y otro a la dinastía de los Litri; de hecho, la plaza cuyo centro ocupa esta última se llama así: Plaza de la dinastía de los Litri. Otra plaza, la de las Monjas –bautizada de este modo por adyacer al convento mudéjar de las agustinas–, se suma a esta nómina de ocupaciones tradicionales. También contiene un monumento a Colón. A la casa asimismo llamada Colón (Huelva es un lugar muy colombino) se llega por la avenida Martín Alonso Pinzón, a la que da el ayuntamiento de la ciudad, cuya arquitectura nos recuerda mucho a la del Madrid de los Austrias. La Casa Colón, airosa, atlántica, colonial, hoy ocupada por dependencias públicas, forma parte del legado inglés de Huelva: los ingleses explotaron muchos años las minas de la provincia, e inevitablemente dejaron un rastro propio en los edificios e infraestructuras (y en el deporte: no en vano el Recreativo de Huelva es el club de fútbol decano de España; los ingleses se llevaron el cobre, pero trajeron el football). En los agradables y geométricos jardines de la Casa Colón, lo único visitable del conjunto, se alzan otras dos estatuas: a Platero, el burro cantado por Juan Ramón Jiménez, y al inca Garcilaso de la Vega. Y en una de sus paredes se reproduce el soneto de José Manuel de Lara (el poeta, no el editor) "Nací en Andalucía un martes triste / del otoño del año veintinueve. / Hoy es martes también y también llueve...", que me suena vagamente vallejiano. Celebro que ambos sean personajes literarios. Siempre me congratulo de que la literatura ocupe los espacios públicos, aunque sea bajo la especie petrificada de bustos, rótulos y efigies: es importante mantener el valor simbólico de las artes para que las artes sigan siendo apreciadas. A la salida de la Casa Colón, en cambio, nos asalta un grupo escultórico que exalta los más rancios valores culturales patrios: varias figuras sostienen una imagen de la Virgen, en un escorzo, esforzado y entusiasta, que me recuerda al de los marinesestadounidenses levantando la bandera americana en Guadalcanal. El legado inglés de Huelva, actualizado por el masivo turismo británico de nuestros días, se continúa observando en los muchospubs taverns que jalonan nuestro recorrido, y culmina en el Barrio Reina Victoria, una ciudad jardín construida en los años 20 del siglo pasado por la Río Tinto Company para alojar a sus trabajadores y, así, tenerlos controlados: había que ofrecerles algún comodidad para quitarles las ganas de protestar y evitar que acabaran colectivizando los medios de producción. Lo mismo sigue pasando hoy: el precario bienestar de que disfrutamos nos ha hecho olvidar la necesidad de asaltar el Palacio de Invierno. Paseamos demoradamente, a pesar del calor, por las callecillas del Barrio. Reconocemos los rasgos del urbanismo inglés, pero también los estilos andaluz, neomudéjar y colonial que convierten el conjunto en una bizarro pupurrí de cubiertas a dos aguas de teja plana y chimenea, y fachadas encaladas, con azulejos, ladrillos vistos y verjas también de ladrillo. Algunas casas se mantienen sobrias y septentrionales; otras lucen tiestos con flores en las fachadas; las menos despliegan toda la cutrez posible en los patios o jardines: sacos terreros, parapetos de plástico verde, infames sucedáneos de brezo, huesos secos de jamón. Ah, la capacidad hispana para ensuciar, o el arraigado mal gusto de nuestros compatriotas, cuánto daño han hecho siempre. Pensando ya en comer, volvemos al centro por la ominosa Cuesta de las Tres Caídas, que da a la entrada del parque Alonso Sánchez, en la que un considerado grafitero ha pintado un gigantesco falo eyaculando. Como para compensar, leemos en los bordillos mensajes edificantes, no sabemos si obra del ayuntamiento: "A mal tiempo, buenas tapas" o "Amojámate en el Atlántico". Desde las alturas del parque, acompañados por su pene jubiloso, admiramos el paisaje de Huelva, hecho de una amalgama de casas blancas y bajas y edificios, aquí y allá, de muchas plantas, por lo general feos. Nos dirigimos al restaurante El Comercial, del que tenemos buenas referencias. Pasamos por delante de la casa natal de Rogelio Buendía, aquel ultraísta que ha pasado a la historia de la literatura por haber escrito una de las pocas obras valiosas del ultraísmo, La rueda de color, y, sobre todo, por haber sido el primer traductor de Pessoa al español. A no mucha distancia, vemos también una frutería que ha colgado un cartel que dice: "Cierre la puerta antes de salir", lo que me suena muy ultraísta. Cerca de El Comercial está la hermosa iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, otro templo dañado por el terremoto de Lisboa, pero también por seísmos posteriores y por la Guerra Civil, quizá el mayor de todos. Una placa, precisamente, recuerda el "sacrílego incendio perpetrado por la barbarie impía marxista del 20 de julio de 1936". La prosa, ahora crítica, es tan virulenta como entusiasta era la que cantaba la hermosura de las iglesias de los pueblos de Huelva en San Juan del Puerto: las placas informativas en Huelva no conocen el término medio. En cualquier caso, puedo entender, aunque nunca justificar, que la "barbarie impía marxista", es decir, grupos de peones o jornaleros explotados y desposeídos de todo desde siempre, expresaran su ira contra los símbolos principales de los espadones que se habían rebelado solo dos días antes contra el gobierno legítimo. El Comercial cumple las expectativas: rodeados por paneles que reproducen escenas de la Capilla Sixtina o El nacimiento de Venus, de Botticelli, mezclados con largos estantes en los que polícromas botellas de espirituosos se alinean con aire marcial, comemos bien, aunque tarden en servirnos. Estiramos la sobremesa, porque el calor, fuera, es disuasorio. Cuando nos atrevemos a salir, optamos por dirigirnos al muelle, donde confiamos en que las brisas del Odiel nos ayuden a sobrevivir. Y así es: paseamos por el Muelle Cargadero de Mineral de Río Tinto–así se llama un largo y curvo pier que se adentra en el río, y en el cual se abastecían antiguamente los barcos del mineral que habían de transportar a Inglaterra– y gozamos de un viento fresco, que riza las aguas verdes –de un verde militar– del Odiel, grande aquí como un mar, mientras la vista se pierde en los juncales y cañizares de la orilla opuesta. En el muelle se disponen los pescadores, que, una vez tirada la caña, se apoyan en los pretiles metálicos, con la vista perdida en las ondulaciones del río o las lejanías azules del cielo, o se sientan en sillitas de playa, y fuman. Pescar siempre me ha parecido una actividad melancólica, no apta para hiperactivos. Cuando dejamos el muelle, aunque estamos cansados, decidimos visitar Punta Umbría: no queremos pasar por Huelva sin conocer alguna de sus playas más famosas. "No tengáis miedo: abrid las puertas a Cristo", leo escrito en la fachada de una iglesia que nos pilla de camino al coche. Es una frase de Juan Pablo II. Ay, a mí el que me daba miedo era Juan Pablo II, a quien Dios tenga en su gloria.

Eduardo Moga. Corónicas de Espania

En: https://eduardomoga1.blogspot.com.es/2017/08/voces-del-extremo-i-en-huelva.html

sábado, 19 de agosto de 2017

Poema a Voces






Este ano juntei voz às Vozes…
Não sei se enriqueci as Vozes Mas partilhei voz
E a voz libertou-me Libertando-me a voz

Vim mais livre de voz
Porque o grito da minha voz
É voz surda se isolada

Fiz como outras Vozes
Juntando a minha voz
Às Vozes do Extremo

Por isso regressei mais leve de voz
Mais ágil de voz Mais magro de voz
Com mais espaço no espaço da voz

A partir de agora a minha voz
Terá mais voz Porque trouxe comigo outras Vozes
Las Voces del Extremo

Vozes que nas brancas ruas
Onde se escuta a voz de Platero y yo
E desde a açoteia se alcança dos mares a voz

Encontro a voz dos Poetas Que me emprestaram voz
Para ter voz de poeta No outro extremo das Vozes
¡Las Voces del Extremo!


Carlos d'Abreu. (inédito)
Maçores, 7.VIII.2017

viernes, 18 de agosto de 2017

isto de ter ou de parecer ter



isto de ter ou de parecer ter vontade de escrever
pode ser sinal de fraqueza de desânimo de solidão
mas pode igualmente esconder a busca para nova orientação

quente e frio       tempo áspero       ao fim da tarde
os espelhos que passam e desafiam quem espera
a noite que não é noite a cair de mansinho

os astros que fingem vir e ir e nós à espera
entorpecidos pela calmaria embusteira das horas

não é desdita         é antes ventura         ter-te!

Carlos d'Abreu. Des en cantos e (alguns) gritos. Lema d'origen, 2017

jueves, 17 de agosto de 2017

4 poemas de FOLIOS DE AGUA de JOSÉ LEÓN ACOSTA




Yendo a la Punta por la carretera,
pasado el cruce, después de la torre,
murió una muerta.
Era una muerta de afuera.
Poca gente sabía quién era
y nadie entendió que en esa recta
que va de la torre a lo del Tarrán,
en esa recta donde no hay nada,
quitando un caballo comiendo yerba,
perdiera el control del coche la forastera,
diera dos vueltas de campana
y se machacara la cabeza.

Dejó su sangre y un mechón de pelo rubio
en el alquitrán de la carretera.

Desde entonces,
desde aquel vespino de mi adolescencia
que se quedaba sin gasolina hecho una bicicleta,
pedaleando a oscuras por esa misma recta,
todas las noches que he pasado yo solo
ha vuelto el escalofrío de su presencia.

Como esta noche,
que he mirado por el retrovisor para ver si ella
estaba finalmente en el asiento de atrás,
mirándome en silencio.

Esta noche su fantasma, una vez más,
me ha hecho revivir su vida intermitente de muerta
y me ha pedido que la acepte como es,
que la quiera como se quiere a las muertas.

Le he dicho que sí en voz alta
cuando iba ya por lo de Enriqueta.
Le he dicho que se viniese conmigo a la Punta
para escribirle en su sábana un poema
que durase el tiempo que sopla el viento
sobre los retamales de Canela.


****


El otoño del día de la patria,
para celebrar la vieja grandeza de España,
vamos a arrebatarle a Portugal
el imperio de las toallas y las sábanas,
el humo del pulpo seco asao,
el café y o menino da lágrima.

****


En la mar de mi pueblo, en el invierno,
el agua es de color marrón
y la arena de color canela,
pero la espuma es clara,
está siempre arriba
como el entusiasmo que salta
por la espalda de los días.
Es más leve y sube,
va y viene y no se cansa
y en el aire se funde y desaparece
como el ángel de la guarda.


***


Cuando la noche cae
acribillada de estrellas,
lentamente,
se derrumba el paisaje
sin ruido.

Cuando la noche cae,
levanta el faro los brazos
en su túnica de luto
y empieza a danzar sin música,
sin parar,
como un derviche.

Cuando la noche cae,
el faro apunta
y dispara su cadencia
sobre todo lo perdido,
la isla entrega su cadáver tendido
sobre la playa,
cuelgo mi vida en su percha
y me desnudo sin palabras.

Cuando la noche cae,
soy un intruso
vencido sobre mi cama.
La luz del faro sigue rodando
y entra por la ventana
en el velatorio de mi cuarto.

¡Amigo, qué fatiga,
hasta que sale el sol no para!



 José León Acosta. Folios de agua. Ed. Wanceulen. 2017

miércoles, 16 de agosto de 2017

4 poemas de PSICOTRÓPICOS de MARJIATTA GOTTOPO










JUSTO

Cuando muere un adolescente las madres sangran más de lo acostumbrado

y miran a Dios con rencor

y él se reparte entre semen expulsado a bofetadas
y la vidriera de la pasión
en la que yace
feliz ahora.

Cuando muere el amigo de fulanita , el alto pana
el vértigo de que todo es discontinuo
se barre en las alcantarillas
y  Campanita se despereza de un orgasmo.

Si es de sobredosis la culpa es social no hay que hacer nada
si muere de hambre
si muere de amor
son cosas de muchachos, nadie indaga en esas horas
no vale la pena.

Si se estrella en una moto la culpa es de lo padres
la mamá se hará la cirugía mil veces
y el papá siempre comprará corbatas grises.
No habrán de manejarla los nietos
la hermana traumatizada se aprieta un grano en el espejo.


Si muere de trece, catorce o quince años
es castigo de Dios casi seguro
es envidia sistemática de la vecina estéril,
 el cuarto está más ordenado y las motos
los rockeros ya no ensucian las paredes
a esa edad no hay accidentes
todo el mundo se suicida.


  


LA QUEMADURA


No toques la herida

pues se infectará.

No la veas:

"camina con las manos

camina con el olvido

navega en esa ola de destierro

y nunca la toques

no las despidas

no retornes."

La herida ya no sangra

la herida es el recuerdo

esa promesa adherida a  los tejidos

la herida no es tu nombre

es sólo la posibilidad

de que no sane.






ADIÓS
"comparado al no-amor
el amor es cobarde y no ama."
G. Bataille


Se paralizaron las noches eternas y etílicas

las has cambiado por ese ojo dilatado de las historias menores

de los veranos eternos

sin chapoteo de botas desgastadas sobre el lomo felino de la aurora.

Se acabó tu nombre,

cariño

y ese navegar en la inmortalidad utópica de las traiciones.

Se acabó ese órgano hipertrofiado latiendo furioso

cerca de tu ventana.

Se acabó viejo amor esa lágrima sobre tu huella indiferente.

Se acabó mi pasión por asesinarte de miles de maneras

mi pasión que habría deseado descuartizarte con ternura

apuñalarte eternamente

sin dejar que murieras.

Se acabó

cariño

tu cara patética en mi sopa

porque navegué y todos los marinos olvidan algún gran puerto

porque la lejanía es el tiempo acelerado

y tu foto se seca

se quiebra

se esparce en el desierto.




ESCRITO EN LA SERVILLETA DE UN BAR


Si el adiós no fuera desplazarme en noches infinitas

si no fuera resbalar para siempre

en todas las despedidas.

Si no fuera releer una y otra vez las cartas secas

las fotos blanco y negro

la excusas

si no fuera pedirte una y otra vez

que no me olvides

que no te pierdas en el tiempo

que el flujo interminable de mis días

no te desmorone

ni te despierte.




Marjiatta Gottopo. Psicotrópicos. Ed. Amargord, 2017

martes, 15 de agosto de 2017

HERMANOS



Hace casi veinticinco años fui a Punta del Moral, con mi mehari verde y el bóxer Rokydor con sus orejas al viento, para cerrar la edición de mi primer libro de poemas en la editorial Crecida que, aquella tarde,tenía por sede el salón de la casa de Antonio Miravent, una casa hermosa y fresca que estaba en un calle de arena de playa, y que a mí me pareció el mágico lugar ideal para que mi libro se hiciera realidad. Me esperaban también Mada Alderete y Diego Mesa. Nos hicimos una foto de recuerdo, aún la conservo. Éramos tan jóvenes, hay tanta ilusión en esos rostros de hace veinticinco años... pero falta en la foto Eladio Orta, en aquella época era aún más cangrejo violinista que ahora, gozaba del respeto y admiración de sus iguales y eso le proporcionaba ciertos privilegios, entre ellos, el de desembarazarse del engorroso trámite y papeleo que suponía la edición de un libro de poemas. Él ya había leído el manuscrito, le había gustado, o como dirá dos años después en su libro Encuentro en H, había olfateado al perro de Antonio Orihuela, había dado su visto bueno, y ahí terminaba su tarea, porque Eladio siempre fue poco amigo de las recepciones del embajador, del muac muac y de todo lo que de protocolario y artificial hay en las relaciones humanas.
Así que, Eladio, aquella tarde luminosa de finales de verano, siguió con su siesta en la casa de las retamas un par de años más, sin que yo lo llegara a conocer; continuó haciéndole versos a su azadón, a su bicicleta libertaria y psicodélica, conjurando a las entidades perturbadoras que ya se avizoraban en el horizonte especulativo de la costa de Canela, y en fin, que siguió a la suyo, rompiendo versos, escribiendo mal, a conciencia, porque bien ya lo hacían otros y no había pasado nada, mucho menos en la poesía que se promocionaba a principios de los noventa, concebida ella misma para que no pasara nada, y comenzando también a buscar  respuestas, salidas, adhesiones, resistencias con que frenar la destrucción urbanística de lo que había sido, hasta entonces, su paraíso.
El recuerdo más antiguo que tengo de Eladio es en una especie de albergue para ejercicios espirituales y contactos poltergeits en Fuenteheridos, en un encuentro provincial de escritores que Uberto le había arrancado a la diputación de Huelva. Más bien es un recuerdo suyo que mío, pero sí, tal vez fuera yo quien ante la bronca salvaje de los que entendían que aquella noche había que quemar el recinto, les dije, cuando estaban a punto de derribar la puerta de la habitación de Eladio, aquello de “dejen dormir al chavalito…”, aunque el chavalito de santo no tenía nada, y a esas horas, el crucifijo de la habitación ya dormía en el contenedor verde que había a las afueras de aquella residencia sacada de Cuarto Milenio.
¿Pero quién era, a aquellas alturas de 1994, Eladio Orta? En primer lugar, un poeta que lejos de levantar admiraciones tenía acojonados a todos los intelectuales orgánicos de la provincia con su verso suelto, soez y libertario… También un luchador empeñado en vivir de pie, un ecologista de bicicleta, burro y cabra, más cerca de la patera del tío Enrique Rutina que de los viajes a la luna, un tipo extraño al que le había tocado la lotería y, lejos de ir a cobrar, se había interpuesto entre el desarrollismo especulativo y sus excavadoras al punto de joderles la operación de encementado total de Isla Canela y terminar en un calabozo de Lepe con el delegado del gobierno al otro lado del aparato telefónico, policial y ladrillero.
Fueron aquellos los años más duros, los que forjaron el mito del poeta resistente, empecinado y procesado, como diría Uberto Stabile, disidente, tierno, corrosivo, incorrecto y fraterno. No era para menos, Eladio quería preservar el mundo mágico que lo había engendrado del imaginario capitalista de los clubs náuticos, los campos de golf y los apartamentos en primera línea de playa que están degollando nuestras costas en nombre de la producción positiva.
Unidos por la poesía, por los afectos, por la solidaridad entretejida de verdadera hermandad, por las esporádicas visitas de Eladio a Extremadura, a las voces extremadas de aquí y de allá, se nos han pasado veinticinco años como si nos hubiéramos acabado de levantar de la siesta. La crisis económica le dio un respiro a la isla y una bombona de oxigeno a Eladio. En esas anda, aunque sabe que tiene que dormir con un ojo abierto, porque con los lobizomes olisqueadores de humedales, dunas y billetitos nunca se sabe.
Eladio va a cumplir sesenta años… me da escalofríos pensarlo, esto ha ido demasiado deprisa, hermano, aunque tal vez era el precio que había que pagar para ir dejando por el camino a Lenin en calzoncillos y a Mao en barrilete, para huir de los santones de las letras y de políticos de escaparate, y para comprobar cómo, a pesar de nuestras luchas, las palabra paz, la palabra austeridad, la palabra decrecimiento, siguen sabiendo a pastilla de jabón, y hoy tenemos una sociedad de consumidores ávidos y despolitizados que defienden su derecho al papel higiénico de diamantes, a la gasolina abundante y barata, al chuletón de Ávila, a los árboles degollados por navidad y a que mantengan lejos a la chusma que nos amenaza con pedir un trozo del pastel desde el otro lado del Estrecho.
Ahora solo faltaría, para rematar el desastre, que aquel poema, tan lúcido como cachondo que le escribió Daniel Macías se hiciera realidad, y los políticos de izquierda lo buscaran para hacerse fotos con él y le ofrecieran sus suelos de mármol cateto para presentar sus libros o,  que un día lejano, los promotores inmobiliarios conviertan su rancho retamero en un centro de interpretación antropológica de antiguos estilos de vida costeros y Eladio Orta sea entonces un libro de tapa dura, un centro de salud, una barriada y una estatua en la que se caguen los pájaros. Pero como el horizonte apocalíptico queda lejos, querido Eladio, sigamos rebuznando, porque un día despertaremos de este sueño en otro sueño, y de lo que iba este era de estar juntos, tomar conciencia de que todos respiramos por una misma nariz, de que todo lo que le hagamos a la tierra nos lo hacemos a nosotros mismos y que, por todo eso, sin doblar las rodillas ante el capitalismo, qué suerte hemos tenido los que hemos compartido viaje contigo, pues tu vida sigue siendo la vida que muchos, si hubiéramos sido un poco menos cobardes, hubiéramos querido, y que al vivirla tú, nos ha parecido también a nosotros que la vivíamos contigo, así que no cejes en seguir zarandeándonos para ese despertar, hecho de vida sencilla y suficiente, la misma que canta el mirlo en el retamar.






Antonio Orihuela. En: El poeta que detestaba los cumpleaños. Ed. Wanceulen, 2017
Fotografía de Juan Sánchez Amorós.

lunes, 14 de agosto de 2017

TRILOGÍA DEL OLVIDO (sentimiento, amor, olvido)




SENTIMIENTO

Perdí. Perdí la valentía. Un mundo cerrado. Una acción ingrata. Un objeto olvidado por los dioses.

Sueños de orgías y sacramentos.

Edificios que se alzan infieles sobre la vida. Asesinatos entre niños y para niños. Ojos ciegos que todo lo dominan.

Violación y sentimiento. Maltratos en la cuna. Orgullo desperdiciado en cada esquina. Calles de desesperación ahogada.

Pasiones proscritas y violencia ingenua. Manicomios llenos de falsas ilusiones. Prostíbulos, iglesias y santos lugares. Infiernos cotidianos. Desdibujadas figuras sin refugio ni perdón posible.

Miedo de no saber ser uno mismo.

Azoteas yermas. Akelarre de ángeles infelices.
Alcohol derramado por la tristeza. Jóvenes buscando su penitencia en horas interminables.
Humo para contemplar la realidad distorsionada.

Fuego hipnótico.

Cascada configuradora de recuerdos. Estrellas que señalan la infancia lejana. Silencios acompañados del acorde infinito. Arboles solitarios.  Geometría y  angustia.

Desilusión.



Mikel Sanz Tirapu. Esquirlas personales. Ed. Enkuadres, 2016